Álvaro García Aparicio

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Juan Carlos I: La gestión de la crisis real

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España no es monárquica, es juancarlista. Este mantra, repetido hasta la saciedad durante largo tiempo en el reinado de Juan Carlos de Borbón y Borbón, hoy nos hace comprender la gran popularidad que llegó a disfrutar el monarca. En la actualidad el rey emérito es el mayor problema que tiene la monarquía, ahora encarnada en la figura de su heredero Felipe VI.

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Las instituciones comunican por lo que son, por lo que hacen y por cómo comunican lo que son y lo que hacen. Durante muchos años en España, la Familia Real y la figura del rey en particular fueron protegidos por la prensa. El miedo a desestabilizar la institución que personificaba el espíritu de reconciliación que supuso la transición y la Constitución de 1978, hizo que existiese un pacto tácito entre los grandes medios de comunicación para que la figura del monarca no se viera empañada por informaciones molestas sobre su vida familiar y privada.

La prensa no cumplió con su deber de ejercer un poder fiscalizador de la Corona cómo institución democrática que es. Acostumbrado a este trato privilegiado, el rey se fue sintiendo cada vez más cómodo para hacer y deshacer sin tener que dar explicaciones a la sociedad a través del escrutinio de los medios. 

Elefantes en el África

A partir del escándalo de la cacería en Botsuana todo esto cambia. Parte de los medios, sobre todo los nuevos medios digitales, empiezan a dar informaciones sobre los comportamientos éticamente reprochables de la vida privada del monarca. La gestión de la crisis se resuelve con el rey caminando con muletas y declarando a la salida del hospital que lo siente y que no lo volverá a hacer.

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En este sentido, se puede considerar que la crisis se resuelve bien, se asumen responsabilidades y se pide perdón. Lo que don Juan Carlos y su equipo de comunicación no entienden es que la crisis de la cacería del elefante no es un hecho aislado en su idílica relación con los medios, sino que es el fin de una etapa

Familia es familia…

A los escándalos que siguen publicándose en los medios, se unen los problemas judiciales de su hija y su yerno, el cual acabará en la cárcel por un sonado caso de corrupción. El cerco se estrecha, surge con fuerza un partido de extrema izquierda republicano que amenaza con asaltar los cielos. Con un gran sentido de estado la Corona, el Partido Popular y el PSOE pactan aprobar una ley de abdicación para que Felipe de Borbón tome el testigo de su padre, y evitar así una crisis institucional de consecuencias incalculables.

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¡Renuncio!

Abdicación y cuenta nueva debió pensar don Juan Carlos. Nada más lejos de la realidad. El foco informativo siguió puesto en el monarca emérito, ya que siguió siendo parte de la Familia Real, siguió teniendo responsabilidades públicas y siguió teniendo una asignación económica.

Desde el comienzo del reinado de don Felipe la agenda pública del rey emérito se va recortando poco a poco, a la vez que se hacen públicos un rosario de escándalos en los que se veía envuelto don Juan Carlos.

La estrategia comunicativa de Casa Real ante estas informaciones siempre fue la misma, silencio y esperar a que el temporal amainara. Esta estrategia saltó por los aires al desvelarse que la fiscalía estaba investigando si el rey emérito cobró comisiones ilegales por la adjudicación de la obra del AVE La Meca-Medina en Arabia Saudí, y por la supuesta fortuna que tiene el monarca en cuentas en países extranjeros y por la que no habría tributado en España.

Ante el calado de estas informaciones la Casa Real envía un escueto comunicado en el que muestra su respeto hacia la independencia del Poder Judicial y sus actuaciones. Por otra parte, Felipe VI decide comunicar por la vía de los hechos: en primer lugar, retira la asignación económica pública de la que disfruta su padre, y en segundo lugar, en consenso con el presidente Sánchez, deciden que hasta que se aclare el futuro judicial de don Juan Carlos, este debe permanecer en el extranjero.

Me voy y me fui

La primera medida transmite ejemplaridad y trata de desvincular al rey de la institución, y de cierta forma lo consigue. La segunda es de una torpeza de difícil comprensión. La estrambótica marcha de don Juan Carlos del país, aparece ante los españoles cómo una auténtica huida. Bajo un secretismo comparable al del exilio de su abuelo Alfonso XIII en 1931 por el advenimiento de la II República, el rey emérito desaparece de España sin ninguna explicación, más allá de un comunicado en el que el Rey explica que se marcha hasta que sus asuntos judiciales queden resueltos para no entorpecer la labor de su heredero.

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Durante varios días el paradero del monarca es desconocido, ni el presidente del Gobierno, ni la Casa Real desvelan dónde se encuentra don Juan Carlos. Finalmente se hace público que el rey se encuentra en el hotel más caro del mundo en Abu Dabi, capital de Emiratos Árabes Unidos. 

El mensaje requerido

Antes he mencionado que las instituciones comunican por lo que son, por lo que hacen y por cómo comunican las dos anteriores. Juan Carlos I es hoy un anciano en el exilio, acorralado por casos de corrupción. Su marcha a Emiratos para tener la protección de su amigo el jeque Mohamed bin Zayed, a la sazón, dictador de un país que quebranta los derechos fundamentales básicos, hace que se le perciba más corrupto y asustado que cuando se marchó de España.

La Casa Real se encuentra en una encrucijada histórica, el emérito desea volver a España una vez puesto en orden sus deberes fiscales con la agencia tributaria. La única baza que le queda al rey Felipe es expulsar a su padre de la Familia Real.

La institución está por encima de las personas, el mismo don Juan Carlos lo supo cuando para volver a instaurar la monarquía en España, salto a su padre en la línea sucesoría, y no fue hasta 1977 cuando don Juan renunció a sus derechos dinásticos. Felipe de Borbón y Grecia debe entender que es Rey antes que hijo.

Tras una gestión de crisis nefasta, la Casa del Rey no tiene otra opción que actuar por la vía de los hechos con una dureza tal, que la población perciba que con esta se reprueba todas las acciones éticamente reprobables del rey emérito, y esta no puede ser otra acción que la expulsión de don Juan Carlos de la Familia Real.


Álvaro García Aparicio es politólogo por la Universidad Pablo de Olavide y Máster en Comunicación Política y Corporativa por la Universidad de Navarra.

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De Panamá para el mundo. Creo firmemente en la sabiduría de ese trillado pero atinado de slogan panameño de ser «puente del mundo y corazón del universo«. Con la comunicación, la estrategia y el diálogo se pueden abrir caminos y crear los vínculos para avanzar objetivos políticos y de empresa.

Con esa misión en mente, me he desempeñado como en los campos de la diplomacia pública, la gestión de gobierno, en organizaciones intergubernamentales y en campañas políticas en Estados Unidos, Panamá y España. Escribo en Vuelta y Vuelta y brindo mis análisis de política y comunicación en La Previa de TVN Radio (Panamá).

Licenciado en Comunicación y Estudios de Retórica y Relaciones Internacionales de la Syracuse University (NY). Máster en Comunicación Política y Corporativa de la Universidad de Navarra.

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Desde entonces vive entre la comunicación, los asuntos públicos y la política: Hic manebimus optime.

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